La suerte de mi abuelo…

Aún recuerdo a mi abuelo contarme lo emocionante que era ir al cine cuando él era niño.


Me contaba que el cine era enorme, tan grande que tenía dos pisos. Existían los ya desaparecidos “intermedios” para poder ir al baño, estirar las piernas un rato o ir a la dulcería por una golosina.

 

Las salas de cine eran tan grandes porque mucha gente acudía a ellas, muchas familias en los fines de semana.

 

Mi abuelo también me contaba que ir al cine los domingos, tenía la misma seriedad que ir a la iglesia, todos se comportaban en la película, como si se tratara de una clase de ritual.

 

Hace un par de días acudí a una sala de cine, porque por alguna extraña ironía, desde que me dedico al cine, no acudo mucho a una sala por la falta de tiempo. Siempre se me pasan los estrenos de películas que me llaman la atención.

 

Todo iba de maravilla hasta que empezó a llenarse el lugar. Gente hablando, gente con los celulares a mitad de la función… Hicieron que me distrajera por momentos de la historia.


Tal parece que, en la actualidad, se ha perdido ese respeto por el cine, tanto así, que la gente ahora prefiere ver una película por internet en la comodidad de su casa.
Grandes plataformas están creciendo en este mercado de exhibir películas por la red, incluso expertos apuntan a que, al continuar con este patrón de crecimiento, la producción cinematográfica podría evolucionar a un nuevo método.

 


Pero ¿Realmente eso es cine? ¿Realmente se puede ver una película en la televisión de una sala?

 

Yo creo que no. Y creo que no porque el cine no es sólo una historia contada de un modo audiovisual, no, el cine es una experiencia.

 

Mi abuelo tenía razón, pagar por un boleto, entrar a una sala oscura y poner toda tu atención a una historia por alrededor de unos 90 minutos, es un ritual. Y es un ritual porque las salas de cine son una clase de templo diseñado específicamente para proyectar historias audiovisuales.

 


Porque ¿A cuántos nos ha pasado que en nuestras casas pausamos la película por algún motivo? Esto es algo contraproducente para la historia, ya que, el cineasta que se quebró la cabeza para que su historia enganche con el espectador, se enfrenta a la inevitable desconexión por parte del público cuando para la película y se pone a hacer otra cosa. Esto genera que la película no enganche.

 

Cuando uno va a una sala oscura a que le cuenten una historia, a una sala llena de otros seres humanos, inmediatamente se genera una energía inevitable que envuelve a cada uno de los asistentes. Porque el cine son emociones, sentimientos, son historias que hacen que nuestra vida tenga sentido. Eso no pasa con las películas que se ven por internet o en la sala de una TV, por más grande que sea un televisor, nunca se comparará con la experiencia de sentarte y observar en medio de la oscuridad una historia, en una pantalla tan grande, que te hace sentir un ser minúsculo.

 

Yo creo y siempre defenderé la idea de que las películas tienen que verse en una sala de cine, porque si no, entonces sólo estamos viendo un producto audiovisual, equiparable a cualquier programa de televisión.

 

A mi abuelo no le tocó esta nueva tendencia de poder ver sus películas que tanto le gustaron, en una televisión.  Y sin duda creo que tuvo suerte, porque él tuvo una conexión pura con el cine, tan así fue, que estoy seguro que me la heredó.
 

 

Que suerte tenía aquel viejo. Qué maravillosos años le tocó.

 

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