Volver a conocerla…
30 Octubre, 2017

La lluvia deshacía el fino manto de tranquilidad que cubría a su recuerdo.

 

Estacionado a la vuelta de su casa, esperaba por ella. Después de mucho, me concedió el vernos una vez más. Me sentía… ¿Excitado, confuso, contento, molesto?... Una congestión emocional en el pecho apretujaba mi corazón.

 

Antes de verla debía tomar precauciones, pero en vez de eso, me tomé unos tequilas… Necesitaba otro.

 

Cerré los ojos, escuchaba el golpeteo de la lluvia, recordé nuestro último encuentro, mi cuerpo comenzaba a reaccionar, cuando la puerta del copiloto se abrió de golpe para permitir que ella entrara de prisa.

 

Su cabello, su ropa, estaban húmedas, y, por su aroma, sus pasiones también.

 

Quería decirle todo, pero no me salía nada, aquel mutismo incómodo, que había infectado la herida, se instaló entre nosotros. Pero no aplicaba como silencio, pues el corazón gritaba con cada latido.

 

No pude evitar que la neurona se me apendejara cuando la hormona se me alborotó al distinguir sus pezones erguidos y soberbios sobresaliendo de su camisa, al ver las gotas que habían quedado prendidas de sus muslos, aprovechándose de que la mini falda que traía no los había protegido.

 

Ya no recuerdo si fui yo, o fue ella quien inicio la discusión, pero, sin preámbulo alguno, comenzamos a pelearnos a besos, sin tregua, con saña.

 

Mi mano se perdió bajo su falda, mis dedos no encontraron prenda alguna que los detuvieran para explicarle, a esa tibia humedad entre sus piernas, cuánto la habían extrañado.

 

Sentí como mi miembro era liberado por sus manos, para masturbarme al ritmo que sus deseos marcaban.

 

La locura se desabrochó las ganas…

 

Mi hombría se perdió entre sus labios, una de mis manos entre su cabello y la otra en su culo inquieto, pagando placer con placer.

 

Se sentó en mí, el espacio era reducido, pero el apetito era amplio. Como quiso quise, como pudo pude, como se acomodó me acomodé. La penetré, apreté sus nalgas, bajé su camisa, chupé sus pezones, jalé su cabello, no me alcanzaron las manos. Nos besamos, nos perdimos, nos escapamos.

 

La lluvia arreció, las Musas se vinieron, los Demonios se fueron…

 

Nada nos separa, porque nada nos ata… Se arregló la ropa y la poesía se rompió, cuando ella simplemente se marchó sin decir palabra, mientras un nuevo recuerdo ocupaba su lugar en el núcleo de mi alma.

 

Fijé la mirada en las migajas líquidas del temporal que estallan sobre el parabrisas, mientras los sentimientos se reacomodan nuevamente en mi cuerpo.

 

La vi alejarse, desaparecer entre la lluvia, pensando que me encantaría volver a conocerla,
sin tener que buscarla…

 

 

 



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Sin mirar atrás…
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De rodillas…


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