Hazlo...
07 Agosto, 2017

El sol se marchaba, pero antes, se colaba furtivamente por el ventanal lamiendo los últimos rezagos de cordura que me quedaban. Anocheció lentamente, mientras la esperaba.

 

Amenazaba con llover, amenazaba con suceder. Mientras tanto, dejé la jaula de mi voluntad abierta para que escaparan todos los Demonios. Me quedé de pie un largo rato contemplando cómo volaban libres, sin alejarse demasiado, sin perder de vista su hogar. Algunos, embalsamados por la excitación de la libertad, surcaron la distancia sin rumbo hasta perderse. No me preocupó, siempre regresan… Son míos.

 

El cuerpo comenzaba a dolerme, pues traía acumuladas las ganas de ella, de sus labios, de su boca, de su cuerpo, de esas ganas imprudentes, de las que no se soportan…

 

Era una ausencia sin condiciones, una entrega sin ataduras, nada nos unía, por eso nada nos podía separar, sin embargo, la distancia siempre aconseja de modo diferente a quienes se alejan, que a quienes se quedan...

 

La lluvia deshacía el fino manto de tranquilidad que cubría a su recuerdo…

 

La espera era intolerable, varios Demonios comenzaban a regresar, el vino ya había respirado de más y me serví una copa pletórica, estaba a punto de brindar por su ausencia cuando escuché los sutiles golpes en la puerta de mi estudio. Abrí, la vi de pie frente a mí, húmeda, mojada, hermosa. No hizo falta que la invitara a entrar, estaba en su territorio, entró dueña de la situación, dueña del momento, dueña de mí. Traía un vestido corto, que con la lluvia se pegó a su cuerpo como si fuera una segunda piel, confundiéndose con sus deseos. Sus nalgas eran un imán para mi mirada, no traía ropa interior. Volteó, me observó, sonrió. Sus pezones arrogantes retaban a mi cordura… Mi hombría se endureció.

 

Entre nosotros todo era posible, todo se valía, todo se vivía a flor de piel y atesora en nuestras almas, porque entre nosotros nada sucedía, porque no éramos nada, pero éramos todo… Lo que existía era sólo para nosotros.

 

La tomé por la cintura, rompí el espacio entre nuestros cuerpos. Nuestras pasiones se apretujaron sin dejar cabida a miedo alguno… Nos besamos sin recato, sin tregua… Súbitamente, me empujó, dio un par de pasos hacia atrás… Yo temblaba, ella dejaba que su vestido se deslizara por su cuerpo cayendo al piso.

 

Desnuda ante mí, sonriendo, seria, retándome, suplicando, susurrando, gritando… Me dijo:

 

-Hazlo… Cógeme.

 

Continuará...

 

 



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Quizá mañana…
Sin mirar atrás…
Hazlo...
Y se suicidó…
Cómplices…
En mis hombros…
De rodillas…
Por un instante…
Érase una vez…


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